El regreso de Norma Burgos al gobierno merece, por lo menos, una cosa que en estos tiempos parece cada vez más escasa y es el beneficio de la duda.
No estoy dando una bendición. Tampoco un endoso anticipado. Mucho menos significa olvidar sus posiciones, sus controversias o las decisiones con las que uno pueda haber estado, o siga estando, en desacuerdo. Significa reconocer que, frente a lo que conocemos y a lo que todavía desconocemos, hay elementos de su trayectoria que permiten pensar en una expectativa razonable de conocimiento gubernamental, convicciones a prueba de presiones, combinados con una sagacidad y una capacidad para expresar lo que quiere a 100 millas por hora, con intensidad y proximidad proba.
Norma Burgos ha demostrado, a lo largo de su carrera política, que tiene convicciones. Y quizás más importante todavía, que ha estado dispuesta a defenderlas o a desacatarlas, aun cuando hacerlo le haya costado políticamente y hasta su libertad. Ha habido momentos en que sus posiciones no fueron las más populares, ni siquiera dentro de su propia colectividad. Sin embargo, las sostuvo, como en Vieques. Y pocos recuerdan que su estudio, encomendado por el entonces gobernador Pedro Rosselló, sobre la Unicameralidad terminó a favor de su análisis, pero que una vez visto el resultado electoral, la ignoraron, no a ella, sino al mandato del pueblo. Porque les convenía a los tenedores del poder. Y eso debe ser una medallita en su solapa.
Es terca, muuuuuy muy terca. También hay evidencia contundente de ello. La firmeza no es sinónimo de infalibilidad. Pero sí dice algo sobre el carácter de una persona en el servicio público y es que no necesariamente cambia de opinión cada vez que cambia el viento político.
En una época en la que la política parece estar cada vez más condicionada por intereses, accesos, alianzas y favores, esa característica merece ser observada con atención específicamente ante la «salida» de Francisco Domenech. Por supuesto, habrá que observarla. Habrá que evaluar a quién escucha y a quién responde. Una cosa es llegar al gobierno con una trayectoria política conocida y otra muy distinta es ejercer el poder con independencia, pero como asesora de quien verdaderamente manda, la gobernadora Jenniffer González Colón y todos los intereses que eso conlleva.
Ahí está precisamente lo más duro.
Confiemos en que a los pies de Norma Burgos no lleguen las firmas de cabilderos, intereses particulares o compromisos que terminen pesando más que el interés público. Confiemos en que su regreso no represente simplemente el regreso de una figura política, sino la oportunidad de demostrar que todavía es posible ejercer funciones públicas sin tener que rendir cuentas primero a quienes tienen acceso privilegiado al poder.
El beneficio de la duda, sin embargo, tiene fecha de vencimiento. Norma Burgos tendrá que demostrar con sus actos que las convicciones que defendió cuando le resultaba políticamente costoso siguen estando por encima de la conveniencia.
No se trata de decir que será buena porque regresó. Se trata de decir que, por ahora, sabemos quién es. Sabemos que ha tenido posiciones incómodas y que ha pagado precios por sostenerlas. Y, en tiempos de tanta incertidumbre, saber eso ya es algo.