El bullicio de los niños en un patio de una escuela libanesa cercana a la zona ocupada por Israel en el sur de Líbano se escucha por encima de los cañonazos de la artillera israelí: el curso arranca con los cristales rotos, sin agua corriente y con un desinterés cada vez mayor entre los alumnos por seguir estudiando.

Los alumnos de entre 4 y 14 años de este centro -que por seguridad se solicitó a EFE que permaneciera sin identificar-, llegan ataviados con la clásica bata de rayas azules y blancas y mochilas casi tan grandes como ellos mismos, recibidos por una organización humanitaria con actividades para amenizar la vuelta a clase. Un pasillo lleno de globos da la bienvenida a los más jóvenes.

Esa bienvenida convive a escasos 300 metros de las colinas desde donde parten los ataques israelíes, en un centro que se mantiene en pie aunque con la infraestructura afectada y sin recursos económicos para arreglar los desperfectos.

El centro se suma a los 163 que el Ministerio de Educación libanés, con apoyo de Unicef, contabiliza dañados tan solo en el sur del país -436 en todo Líbano- desde el inicio de la ofensiva israelí, el pasado 2 de marzo.

Guerra ininterrumpida

Para Bilal Ahmadi, profesor de química y física desde hace 18 años en las escuelas de Dar Anoun y Batoulie, la sucesión de la guerra de 2024 y la de 2026 no se vive como dos conflictos distintos, sino como una sola guerra ininterrumpida.

"Si entro en el aula como profesor, la mitad de los alumnos tienen fotos de mártires: son sus hermanos, sus padres o sus amigos", relata Ahmadi, lo que describe como un "ambiente marcado por el duelo constante entre los estudiantes".

Según el profesor, esa carga emocional se traduce "en un rechazo abierto al estudio": alumnos que antes tenían buen rendimiento dejan de hacerlo porque un hermano está herido, o porque, dice, "ya no quieren estudiar, quieren luchar".

A la pérdida se suma la presión económica: varios de sus alumnos trabajan después de clase para aportar a sus familias, lo que les resta tiempo y concentración para estudiar, algo que los ataques israelíes complican más.

"El zumbido de un dron sobrevolando la zona basta para que los alumnos dejen de escucharme mientras intentan calcular dónde caerá el próximo ataque", afirma a EFE Ahmadi. Si el bombardeo llega a mitad de clase, "ya no hay forma de continuar", añade.

Masificación y recursos

 A la falta de medios se añade la masificación: las aulas han pasado de 24 a 30 alumnos, y a él le han aumentado la carga de 16 a 25 horas semanales "porque no hay suficientes profesores", denuncia.

La situación de este centro no es un caso aislado: la propia ministra de Educación libanesa, Rima Karami, ha reconocido que unos 200.000 alumnos en todo el país se encuentran "en círculo de riesgo" por los efectos de la guerra sobre la educación.

Ahmadi defiende el valor de las actividades extraescolares que organizan asociaciones locales, que permiten a los alumnos, dice, "salir del ambiente" en el que viven. En la escuela hay "un ambiente de compromiso"; en casa, en cambio, "no hay ambiente para estar feliz y disfrutar".

En el mismo centro, la profesora Sanaa Farhana, con 35 años dedicados a la docencia allí, describe algo similar entre sus alumnos.

"Sentimos que estamos sentados en clase, pero no lo estamos. Nuestra mente está ocupada, nuestros ojos están mirando de dónde viene el fuego, de dónde viene el humo", relata Farhana, que asegura que el sonido de los drones "resuena en la cabeza de los alumnos cada día". Algunos, añade, "se derrumban" en clase, rompen a llorar y piden volver a casa.

Abandono y ocupación

Farhana recuerda dos casos de alumnos que abandonaron sus estudios para trabajar porque sus padres ya no podían costear la matrícula, que ronda los 100 dólares anuales en este centro público, a los que se suman otros 100 dólares en libros de texto.

Uno de los alumnos del centro, desplazado desde la localidad sureña de Mansuri y actualmente ocupada, sufrió la pérdida de su mejor amigo por la guerra y desde entonces no quiere volver a las clases.

 "No me gusta la escuela, no quiero estudiar, solo quiero irme y centrarme en el negocio de mi padre y trabajar ahí", dice. Nadie le ha preguntado si es una vocación o una forma de no volver a sentarse en un pupitre al lado de una silla vacía.

La situación en las demás escuelas cercanas a la zona que el Ejército israelí mantiene ocupada pese a la tregua (línea amarilla), no es mejor.

En la localidad de Burj Qalaway, un centro se encuentra prácticamente destruido y actualmente en obras, con paredes y techos recién levantados de hormigón desnudo y apenas unos pupitres y una pizarra como mobiliario, mientras que, en otra localidad vecina, otra escuela pública acoge a personas desplazadas del propio pueblo.

Ahmadi reclama que la respuesta a la guerra no puede limitarse a lo económico: pide que las organizaciones lleven psicólogos a las escuelas, porque, sostiene, un alumno que no está bien psicológicamente "no va a pensar en nada, solo en lo negativo".

Edgar Gutiérrez

Por EFE

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