El abandono, el maltrato y la explotación financiera de los adultos mayores constituyen una de las crisis sociales más preocupantes que enfrenta Puerto Rico. Cada año salen a la luz casos que reflejan el sufrimiento de personas vulnerables que, tras dedicar su vida a sus familias y a la sociedad, terminan viviendo en condiciones indignas o siendo víctimas de abuso. Esta realidad exige una respuesta firme de las familias, del Estado y de toda la sociedad.
Uno de los casos más impactantes fue el del Hogar Casa Dorada, en Las Piedras, donde el cuidador Eddie Mojica Pérez fue acusado de presuntamente agredir brutalmente a una residente de edad avanzada. El caso provocó una profunda indignación pública y puso en evidencia las deficiencias en la supervisión de algunos centros de cuido. A ello se sumó el hecho de que los propietarios del hogar residen en los Estados Unidos y su respuesta pública se limitó a un comunicado en el que ofrecieron explicaciones y justificaron lo ocurrido, sin asumir una postura que transmitiera verdadera responsabilidad ante la gravedad de los hechos. Resulta igualmente preocupante que, según los videos e información divulgada públicamente, el propio cuidador evidenciaba expresiones y comportamientos incoherentes que debieron levantar serias señales de alerta sobre su capacidad para atender una población vulnerable. Administrar un hogar de envejecientes a distancia exige mecanismos de supervisión efectivos; de lo contrario, se corre el riesgo de convertir el cuidado de personas indefensas en una gestión puramente administrativa, sin la vigilancia y el compromiso humano que esta responsabilidad requiere.
Asimismo, el descubrimiento de un hogar clandestino en la urbanización Turabo Gardens, en Caguas, puso de manifiesto que todavía existen establecimientos que operan fuera de la ley, exponiendo a los envejecientes a condiciones inaceptables y a un alto riesgo de maltrato y negligencia. Sin embargo, también existen ejemplos que demuestran que el cuidado digno sí es posible. Raymond Bonilla, al frente de Golden Time Nursing Home en el municipio de Rincon, ha desarrollado un modelo basado en el respeto, la atención personalizada y la calidad del servicio. De igual manera, Alex DJ, quien recientemente abrió un centro para adultos mayores en Las Piedras, representa una nueva generación de administradores comprometidos con ofrecer un ambiente seguro, humano, empático y respetuoso para esta población. Ambos demuestran que administrar un hogar de cuidado implica vocación, sensibilidad y un profundo compromiso con la dignidad humana.
No obstante, la responsabilidad no recae únicamente en los hogares. Muchos familiares abandonan a sus padres o abuelos después de ingresarlos a una institución, dejando de visitarlos o de supervisar el trato que reciben. Esa indiferencia facilita que el abuso permanezca oculto durante largo tiempo.
El Estado también tiene una responsabilidad ineludible. Debe fiscalizar rigurosamente los hogares, investigar con rapidez las denuncias y aplicar sanciones contra quienes maltratan o explotan a los adultos mayores. Mientras no existan consecuencias firmes para los responsables, estos abusos continuarán repitiéndose.La manera en que una sociedad trata a sus adultos mayores define su verdadera grandeza moral. No basta con indignarnos cuando ocurre una tragedia; es indispensable exigir responsabilidades. Los familiares que abandonan a sus seres queridos, los administradores que anteponen el lucro a la dignidad humana y el Estado que no fiscaliza con rigor comparten una cuota de responsabilidad cuando un envejeciente es víctima de maltrato o abandono. Mientras las sanciones continúen siendo insuficientes y la indiferencia prevalezca, estos casos seguirán repitiéndose. Nuestros adultos mayores no necesitan compasión; necesitan protección, justicia y respeto. La peor condena para una sociedad no es el envejecimiento de su población, sino acostumbrarse a abandonar a quienes un día lo dieron todo por ella.