Foto de captura.

Como Editora en Jefe de un medio libre y empático, hoy quiero hablarles brevísimamente del caso de Gabriella Nicole. No de si el acuerdo con Anthonieska  fue correcto o incorrecto. Tampoco de si el veredicto en el caso de Elvis, satisface.  Quiero hablar de algo que nos corresponde a todos. De nuestra necesidad de convertir cada caso criminal en  una celebración. En una victoria de alguien contra alguien.

Como si aquí hubiera un equipo que ganó y otro que perdió y como si el final de un proceso judicial pudiera borrar el principio de una tragedia.

El caso de Gabriella Nicole terminó. Elvia y Anthonieska ya enfrentan las consecuencias de sus actos, pero Gabriella Nicole no vuelve.

Y esa es la realidad que no debería perderse. Porque hay algo que me preocupa profundamente y es que como sociedad nos hayamos acostumbrado a esperar el final del caso sin detenernos a pensar en el comienzo de la tragedia. ¿En qué momento llegamos a aquel día? ¿Qué tuvo que ocurrir para que una vida terminara? ¿Qué decisiones, qué circunstancias nos llevaron  allí?

Esas son las preguntas que deberían perseguirnos. Si lo único que hacemos es celebrar que hubo una sentencia, no hemos entendido lo que pasó. Y si lo único que hacemos es discutir si el acuerdo fue suficiente, tampoco.

La familia de Gabriella Nicole no necesita que nosotros convirtamos su dolor en una bandera. Necesita que no olvidemos que perdió a una persona.  Y las familias de las sentenciadas también tendrán que vivir con las consecuencias de lo ocurrido.  Una muerte puede destruir muchas vidas alrededor, incluso las suyas, hoy demonizadas.

Si mañana volvemos a esperar otra tragedia para discutirla como si nada, habremos fallado otra vez. Gabriella Nicole merece que su nombre nos obligue a pensar. Ahí es donde comienza nuestra responsabilidad.

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