Murió Maricarmen en MadridEFE

Tenía 87 años. Había vivido 70 años en la misma casa. Allí murió su padre. Allí murió su madre. Allí estaban sus recuerdos, sus fotografías, sus objetos, su vida entera.

Maricarmen no quería convertirse en símbolo de nada. Quería volver a su casa. Ahí está la parte que más me conmueve de su historia y que me provoca lágrimas a esta hora de la madrugada.

Maricarmen llevaba años enfrentando un proceso para quedarse en el hogar que había ocupado prácticamente toda su vida. Nunca dejó de pagar su alquiler y, después de varios intentos de desahucio, finalmente fue sacada de su casa el 23 de septiembre, en silla de ruedas. Su estado de salud se deterioró después del desalojo.

Pero ocurrió algo que a veces sucede cuando una injusticia deja de ser solamente la historia de una persona y a la que la gente reaccionó.

Las protestas, las acampadas, las velas, las pancartas. Su nombre comenzó a aparecer por toda España. “Todos somos Maricarmen” se convirtió en un grito hermoso.

Y Maricarmen, desde el hospital, todavía tenía fuerzas para pedirle a la gente que defendiera sus derechos. “Luchad, defended lo que es vuestro”. La recuerdo decirlo y se me parte el alma.

Lo dijo prácticamente cuando ya no podía volver a luchar físicamente por su propia casa.

Su caso terminó convirtiéndose en parte de una discusión mucho más grande sobre la vivienda en España y en el mundo. Sobre el costo de vivir, la especulación, los alquileres, los desahucios y la responsabilidad de las instituciones frente a una crisis que afecta a generaciones enteras.

La política terminó inevitablemente involucrada. Pero yo no quiero quedarme en la política. A veces eso es lo menos digno de la discusión.

Quiero quedarme con esa mujer que hoy no me deja dormir. Mientras veía ayer las imágenes de Madrid, pensé en Puerto Rico.

Pensé en Santurce. Pensé en esa casa que permanece en medio de un desarrollo de lujo y en la mujer que decidió luchar por ella.

Pensé en lo que significa mirar alrededor y ver que el mundo que conocías va desapareciendo poco a poco.

Y pensé que nuestras ciudades tienen derecho a crecer, pero nuestra gente también tiene derecho a permanecer en su sitio.

No quiero que Puerto Rico tenga que esperar a una tragedia para descubrir que algo se nos fue de las manos. No quiero que una mujer tenga que morir para que todos entendamos que detrás de una casa hay mucho más que paredes.

La historia de Maricarmen me provoca demasiada tristeza.
Porque una de las cosas más dolorosas de su historia es precisamente que la solución finalmente apareció. Pero apareció demasiado tarde.

Se había alcanzado un acuerdo para que regresara a su casa. El contrato de alquiler por ocho años estaba a punto de firmarse.

Pero, Maricarmen murió antes. ¡Dios querido! Maricarmen no llegó a regresar.

No debería estremecer solo a los españoles. A nosotros también. Porque Puerto Rico conoce demasiado bien lo que significa ver cómo nuestras comunidades cambian, cómo el valor de la tierra se dispara, cómo aparecen proyectos nuevos y cómo, en medio de todo eso, existe siempre el riesgo de que la gente que estaba allí primero termine sintiéndose extranjera en su propio barrio.

Por eso miro a Santurce y pienso en esperanza. Porque todavía hay historias en las que alguien pelea por su casa y logra quedarse. Son historias que nos recuerdan que el desarrollo no tiene por qué significar borrar la memoria y que una ciudad puede transformarse sin arrancarse las raíces.

El progreso tiene que coexistir con la gente. Eso es lo que quiero para Puerto Rico.

Ayer murió Maricarmen. Murió sin poder cumplir su último deseo que era volver a la casa donde había vivido desde los 17 años.

Pero dejó algo que quizás sí pueda cruzar ese océano y llegar hasta aquí. La advertencia de que nunca debemos permitir que una solución llegue demasiado tarde.

Y la esperanza de que todavía estamos a tiempo de construir ciudades donde haya espacio para el desarrollo, pero también para la memoria, para la dignidad y para nuestra gente.

Que nunca tengamos que decir en Puerto Rico- “debimos haber entendido a Maricarmen”.

Descansa en paz, Maricarmen.

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