El municipio de Nova Pádua, en el sur de Brasil, es el que más votó al ultraderechista Flávio Bolsonaro en la primera vuelta de las presidenciales, un resultado que sus habitantes achacan a la cultura local pero que también se debe a prejuicios sobre la izquierda y a la menor dependencia en los programas sociales del Gobierno.

'Nova Pádua, pequeño paraíso italiano', anuncia el pórtico de madera que da la bienvenida a los visitantes, entre colinas cubiertas por parches alternantes de viñedos y bosque.

En este tranquilo pueblo de poco más de 2.300 personas ubicado en plena región vinícola del estado de Rio Grande do Sul, Bolsonaro tuvo un 87 % de votos, frente al 7 % del presidente y candidato a la reelección, el progresista Luiz Inácio Lula da Silva.

El porcentaje fue muy superior al conseguido por el senador ultraderechista en el ámbito nacional, donde logró el 47 % de los apoyos, frente al 45 % del rival.

Fundado por siete familias que llegaron de la región italiana de Véneto a finales del siglo XIX, aquí aún se come polenta y salami, se cultiva la uva y en las calles se escucha el dialecto regional transmitido desde la época de los bisabuelos.

Las casas están pintadas en tonos claros y tienen jardines delanteros con parterres de flores bien cuidados, mientras que las tiendas exhiben rótulos con apellidos que se repiten, porque todo el mundo es, como mínimo, primo lejano entre sí.

Que nadie espere panfletos con el rostro de Bolsonaro ni un despliegue patriota de banderas brasileñas; en Nova Pádua ser de derecha no necesita ser proclamado porque se da por hecho.

“Somos descendientes del Véneto, de derecha, católicos, emprendedores… está en nuestro ADN, ¿capisci?”, dice a EFE el veterinario Roberto Luis Smiderle, de 70 años, aún con las botas manchadas de barro después de haber ido al campo.

Ya es casi hora de cenar, que en Nova Pádua suele ser temprano, y Smiderle se ha parado a conversar con Inácio Sonda, de 67 años, antiguo vicealcalde y dueño de una tienda de fertilizantes ubicada frente a la iglesia.

Más que bolsonaristas, ambos se consideran de derecha y aseguran que hubiesen votado en cualquier otro candidato conservador con tal de derrotar al Partido de los Trabajadores (PT) de Lula.

“Ni sé quién votó por el PT aquí”, dice Smiderle, a lo que Sonda responde, con tono resignado, que él sí y que son principalmente empleados públicos.

Entre los 149 votos que recibió Lula en la primera vuelta, está el de un hombre jubilado que prefiere no hacer declaraciones porque, según comenta a EFE, es mejor quedarse “quieto” si quiere seguir jugando a las cartas cada tarde en el único bar del pueblo.

El Ayuntamiento nunca ha tenido un concejal del PT y es controlado por partidos conservadores que se alternan en el poder.

El mantra antiasistencialista

Para explicar la tendencia derechista del municipio, Smiderle y Sonda recurren al mantra de que son “gente trabajadora”, apegada a la propiedad privada, y que la izquierda “comunista” y Lula “no incentivan a trabajar” por los apoyos que dan a las clases populares.

Cobran su jubilación, que consideran un “derecho”, pero se enorgullecen de no necesitar el Bolsa Familia, creado por Lula en su primer mandato para las familias más necesitadas.

Hoy en día, este programa de apoyo económico beneficia a una cuarta parte de la población brasileña y ha sido esencial para sacar a millones de personas de la pobreza, principalmente en el noreste, la región más desfavorecida y más negra del país, además de bastión electoral del PT.

Con apenas una veintena de familias beneficiarias del Bolsa Familia y un 5 % de afrodescendientes, la rica y blanca Nova Pádua se ve a sí misma como un contrapunto al noreste en todos los sentidos.

“Claro que no todos los nordestinos son vagabundos; esa región es muy seca y no tienen qué plantar… ¡Mira aquí lo verde que es todo!”, exclama Mari Boni Paviani, de 68 años, al apuntar a una colina cercana.

Propietaria del supermercado Piccolo Mercato Italiano, Paviani anota los valores que los clientes le deben en una libreta, a la vieja usanza, mientras habla sin reparos sobre sus opiniones políticas.

Confía en una victoria de Bolsonaro en la segunda vuelta del 25 de octubre y espera que ese futuro Gobierno rebaje tributos a pequeños comercios como el suyo y devuelva “el dinero robado” por el PT, partido que ella asocia a la corrupción, al crimen, a los impuestos y, sobre todo, a Lula.

“De él me irrita hasta la voz”, dice a EFE con gesto de disgusto, antes de añadir un: “disculpe si usted es de izquierdas”.

Jon Martín Cullell

Por EFE

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