Miles de ecuatorianos celebraron este lunes el Día de Difuntos en diferentes cementerios del país andino, donde acudieron para recordar a sus seres queridos entre música, flores y alimentos para compartir con las almas de quienes ya no están.
Al menos así lo dice la tradición. Y así lo relató a EFE María Morales desde el cementerio de Calderón, en Quito, uno de los que más familias quiteñas acoge año tras año. Allí, la familia Morales acudió cargada de bolsas de comida.
"Las almas de los difuntos pasan éste día aquí, comparten y comen con nosotros. Tal vez ahora mismo están aquí todos", explicó Morales, de 56 años, mientras compartía con sus hijos, nietos y otros familiares las tradiciones uchucutas, un plato elaborado a base de maíz, maní, fréjol y patatas.
Perteneciente a una familia indígena kichwa de Oyocato, Morales aseguró que esta costumbre se transmite de generación en generación y que su madre – quien, a su lado y vestida de ropa tradicional, preparaba los platos de comida para toda la familia- nunca ha faltado a la cita anual con sus difuntos.
Como parte de la tradición cultural de esta fecha relató: "Mi mamá siempre me ha contado que mi abuelito estuvo muerto durante cinco días. Vio cómo la comida que dejamos en las tumbas llega hasta el cielo, donde ellos (los muertos) pueden comerla durante todo el año".
Entre las numerosas familias que recorrieron el cementerio, también se encontraba Jorge Tituaña, de 55 años, que acompañado de su esposa, hijos y nieto, pintaba la tumba de su pequeño Víctor, fallecido hace once años, cuando apenas tenía un año y quince días de vida.
"Fueron los momentos más hermosos de mi vida. Ahora tenemos un angelito en el cielo que nos cuida y protege", señaló emocionado.
"Como le he dicho a mi esposa, cuando llegue el momento en que yo también tenga que irme de este mundo, tal vez él me espere con los brazos abiertos", añadió.
A pocos metros, la música de una guitarra, una mandolina y un saxofón acompañaban a las familias en las visitas a las tumbas y los nichos, muchas de ellas emocionadas en recuerdo de sus allegados.
Eran las serenatas de Manuel Juárez, de 45 años, quien junto a otros dos músicos recorrió las tumbas interpretando canciones tradicionales, como tonadas, a petición de las familias.
"Hay gente que nos dice que a su difunto no le gustaba la música triste, por lo que también tocamos canciones alegres", explicó el músico, de origen otavaleño, una ciudad andina en el norte de Ecuador cargada de simbología indígena.
Sin embargo, para Elsa, que acaba de cumplir 65 años, estas costumbres están desapareciendo.
"Cuando yo era niña, el cementerio estaba lleno de comida. En cada tumba rezaban y compartían todo lo que sus seres queridos comían en vida", recordó.
"Antes era una tradición más bonita. Ahora las generaciones han cambiado", lamentó.