El caso de Gabriela Nicole Pratts ha estremecido al país no solo por la violencia que terminó con la vida de una adolescente, sino también por la dimensión familiar que ha quedado expuesta a lo largo del proceso. Más allá de lo que corresponda determinar en los tribunales, esta tragedia obliga a mirar el rol que ocupan los adultos en la vida emocional de los adolescentes.
La adolescencia puede ser una etapa marcada por emociones intensas, impulsividad, conflictos interpersonales y una capacidad todavía en desarrollo para anticipar consecuencias. Por eso, madres, padres y otros adultos significativos no pueden limitarse a acompañar desde la cercanía. Deben ofrecer estructura, límites, perspectiva y regulación. Estar cerca de los hijos es importante. Escucharlos, conocer sus amistades, interesarse por sus experiencias y construir confianza fortalece la relación. Sin embargo, cercanía no significa convertirse en sus mejores amigos. El rol parental exige asumir responsabilidades que, en ocasiones, incomodan: decir que no, intervenir, separar, cuestionar, poner límites y detener conductas que podrían escalar.
Los hijos no necesitan que sus padres siempre estén de su lado. Necesitan que estén de su lado de una manera que los proteja, incluso cuando eso implique no apoyar una decisión, no justificar una conducta o no sumarse a su coraje. Un adulto puede validar una emoción sin validar la respuesta que surge de ella. Puede decir: “Entiendo que estés molesto”, y a la vez establecer: “No voy a permitir que actúes de forma que te haga daño o lastime a otra persona”. En momentos de conflicto, el adulto debe convertirse en freno, no en combustible. Debe ayudar a bajar la intensidad, ampliar la perspectiva y crear distancia entre la emoción y la acción. Cuando el adulto reacciona con la misma impulsividad, transforma el conflicto del adolescente en uno propio o refuerza deseos de venganza, dejando vacante la función protectora que le corresponde.
Esto no significa que una madre o un padre tenga control absoluto sobre las decisiones de sus hijos. Tampoco implica que toda tragedia pueda explicarse por una falla familiar. La conducta humana es compleja y los desenlaces violentos suelen responder a múltiples factores. Pero sí corresponde preguntarse qué modelan los adultos cuando enfrentan conflictos y qué aprenden los adolescentes al observarlos.
Este caso también deja a dos familias profundamente afectadas. No se trata de decidir cuál sufre más ni de comparar pérdidas. Una familia enfrenta la ausencia irreversible de una hija. Otra enfrenta las consecuencias emocionales, sociales y legales de un proceso que también transforma para siempre su historia familiar. Ambas necesitarán apoyo, tiempo y espacios seguros para procesar emociones que no desaparecen cuando termina un juicio o cuando la atención pública se mueve hacia un nuevo tema.
Tal vez la reflexión más necesaria sea esta: criar no consiste solamente en acompañar a los hijos cuando sufren. También implica enseñarles a detenerse, tolerar frustraciones, asumir consecuencias y manejar el coraje sin convertirlo en daño. Amar no siempre es apoyar. A veces, amar es poner el límite que evita lo irreversible.
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