En Puerto Rico, aparentemente, hasta las palabras se administran. La Autoridad de Acueductos y Alcantarillados le llama “plan de interrupciones programadas”. Para quienes pasan horas —o días— sin agua y organizan su vida alrededor del momento en que regrese, la experiencia se siente bastante más sencilla de nombrar: racionamiento.

La sequía es real y no podemos responsabilizar a un gobierno de que no llueva. Pero tampoco podemos hablar de esta situación como si comenzara y terminara en el clima. Puerto Rico conoce desde hace décadas sus vulnerabilidades de infraestructura. Por eso también corresponde preguntarnos qué se ha hecho —o dejado de hacer— para reducir el impacto de situaciones que no son nuevas. Ese impacto tiene un costo, y se paga emocionalmente.

ASSMCA informó un aumento en llamadas a la Línea PAS relacionadas con el racionamiento de agua. La evidencia ya ha documentado que la inseguridad en el acceso al agua puede afectar la salud mental. Y no es difícil entender por qué: cuando un recurso básico deja de ser confiable, parte de nuestra energía comienza a invertirse en anticipar, reorganizar y resolver lo que antes dábamos por sentado.

Una amiga que vive el racionamiento me describía algo que resume muy bien ese desgaste. Cuando finalmente llega el agua, sabe que tiene que aprovecharla: lavar, cocinar, limpiar, llenar recipientes y adelantar todo lo posible antes de que vuelva a irse. Sin embargo, justo cuando llega, a veces siente que no tiene energía para hacer nada.

Eso no necesariamente es falta de organización. El estrés sostenido agota. Vivir pendiente de cuándo llegará el agua, cuánto durará y qué podremos hacer antes de que vuelva a faltar añade una carga mental constante a la vida cotidiana.

Y el agua no llega sola a esta conversación. Se suman los apagones y relevos de carga, las controversias administrativas y esa sensación colectiva de que cada nueva deficiencia se recibe con un “otra vez”, “uno más” o “siempre pasa lo mismo”. Quizás lo más preocupante sea cuánto hemos normalizado el vivir esperando que algo esencial falle. Por otro lado, como psicóloga, me resulta revelador que preguntas como “¿tienes agua?” o “¿tienes luz?” se hayan convertido, en ocasiones, en parte necesaria de una conversación clínica. Antes de explorar sueño, ánimo, ansiedad o estrategias de manejo, hay que saber si la persona cuenta con condiciones básicas para funcionar.

La salud mental no ocurre aislada de la realidad social. No todo se resuelve respirando profundo, pensando positivo o aprendiendo a tolerar mejor la frustración. Tampoco podemos responder a cada crisis exigiéndole a la ciudadanía que sea resiliente. La resiliencia no puede convertirse en una forma de normalizar carencias o de trasladar a las personas la responsabilidad de adaptarse indefinidamente a sistemas que fallan.

Antes de pedir resiliencia, necesitamos condiciones básicas: agua, energía y servicios esenciales confiables. Porque cuidar la salud mental también implica reducir las condiciones que generan estrés de manera constante.

Podemos racionar el agua porque escasea. Lo que no deberíamos seguir racionando es la tranquilidad.

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Breve descripción:

La Dra. Bárbara D. Barros Cartagena es psicóloga clínica, profesora, investigadora y conferenciante especializada en salud mental. Es profesora asociada en la Ponce Health Sciences University, donde dirige el BRAVE Lab, un grupo de investigación enfocado en la psicología de la salud y la salud mental de las mujeres, con especial interés en la salud reproductiva. A través de sus participaciones en medios de comunicación y plataformas digitales, promueve la educación sobre salud mental desde una perspectiva accesible, basada en evidencia y comprometida con el impacto social. Ponceña de nacimiento y corazón, y Yaucana por adopción, es dog mom de Arya y disfruta de la lectura, las series, las películas, la música y el tiempo en familia.

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