Ángel Toledo

La construcción de un país no se da de la noche a la mañana. Su transformación toma algo más de tiempo porque, irónicamente, es más complejo trabajar sobre lo que ya está escrito que elaborar un nuevo libro desde la tabula rasa. Puerto Rico tiene siglos de historia que son la base de quienes somos hoy. Constituye esta historia uno de los pilares de un proyecto que busca transformar lo que tenemos para llegar a lo que necesitamos. Pero tenemos que ser responsables porque esa transformación a la que nos enfrentamos construirá nuevos cimientos que, además de considerar lo existente, deben contemplar lo que hace falta para que Puerto Rico se inserte competitivamente en una nueva década. 

Vivimos en un mundo convulso donde la diferencia de visiones ha provocado grandes conflictos, algunos de los cuales han escalado hasta convertirse en guerras. Estos permiten contextualizar la realidad que vivimos y entender, primero, que no lo controlamos todo desde nuestro entorno y, segundo, que nos toca identificar soluciones con lo poco que sí controlamos para atender aquello que no. La inflación, el costo del petróleo, los aranceles, los recortes en fondos federales, la Junta de Control Fiscal, las varias decisiones del Tribunal Supremo federal y la ausencia de verdadera representación política dentro de los cuerpos que toman decisiones que nos impactan directamente nos recuerdan a diario que vivimos la realidad de ser la colonia más antigua de la historia, con todos los efectos que eso conlleva. 

Esta realidad enmarca el 100 x 35 y matiza los colores que pintan nuestro actual contexto. Este panorama requiere de acción en diferentes frentes. El tema del estatus de Puerto Rico le parecerá trivial a algunos, pero es medular para atender las principales necesidades de nuestra isla. Puerto Rico ya escogió la estadidad, única fórmula de status que, además de acabar con la colonia, resuelve el problema de falta de representación, crea los espacios para la paridad económica y política, y reconoce una ciudadanía con derechos y deberes plenos. En Puerto Rico nos hemos ganado eso ya. No se trata de negociarlo, sino de exigirlo.  

Paralelamente, nos toca dar la batalla interna. La transformación del sistema energético, la renovación de los acueductos, el rediseño del modelo contributivo y de permisología, el fortalecimiento de rutas de transporte, el respaldo al pequeño y mediano comerciante, la creación de condiciones adecuadas para que nuestros jóvenes y adultos mayores sigan contribuyendo al desarrollo de Puerto Rico son prioridades que constituyen el “qué” del plan que tenemos que atender. La transparencia en la contratación pública, la erradicación del clientelismo político, la construcción de relaciones saludables entre contratistas y gobierno, la lealtad al pueblo son el “cómo”. Esto último es medular si queremos prosperar y hacer la diferencia. Oponernos a las conductas nefastas no es crear conflicto; es modelarle al pueblo cómo se hacen las cosas bien. 

La agenda de trabajo de Puerto Rico ha sido históricamente compleja. Nada de eso ha impedido que logremos grandes avances. Para continuar ahora hay que entender el contexto, saber las prioridades, actuar desde el conocimiento y trabajar con madurez social y política reconociendo que ningún proyecto de país será sostenible si no aprendemos a respetar. Respetar la ley, respetar los recursos públicos, respetar las instituciones, respetar al que piensa distinto y, sobre todo, respetar el derecho a exigir que las cosas se hagan bien son todos pilares de nuestra democracia. Claramente, la transformación que necesitamos descansa en el gobierno, las instituciones, las industrias, la academia y en un pueblo dispuesto a reconocer que sus derechos vienen acompañados de deberes y que la prosperidad colectiva exige responsabilidad individual.

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