Dennis A. Jones

Puerto Rico es un país extraño. Aquí el agua desaparece con la misma naturalidad con la que aparecen los billboards de progreso con la cara de la Gobernadora. Mientras nuestra gente vuelve a llenar cisternas, cargar galones y organizar su vida alrededor de un servicio intermitente, el gobierno de Jenniffer González celebra otro país posible: Esencia, con hoteles de lujo, residencias exclusivas y campos de golf. Un país dentro del país, diseñado precisamente para quienes pueden comprar la seguridad que el Estado hace tiempo dejó de garantizarle a todos.

Y no, gobernadora, usted no tiene la culpa de que no llueva, pero sí es directamente responsable de que Puerto Rico haya llegado nuevamente a esta crisis de agua. Su responsabilidad no comenzó en La Fortaleza. Lleva casi veinticuatro años ocupando las posiciones más importantes y de mayor poder que concede nuestro sistema democrático de gobierno: legisladora, presidenta de la Cámara, comisionada residente y ahora gobernadora. Por lo que resulta profundamente demagógico presentar esta crisis como si fuera únicamente obra de la naturaleza. La sequía podrá explicar por qué no llueve; no explica por qué seguimos dependiendo de la lluvia como política pública.

 En 2011, mientras Jenniffer presidía la Cámara, se anunció un dragado “permanente” de Carraízo, cuando ya sabíamos que el embalse había perdido cerca del 40% de su capacidad original. Se prometieron millones, mantenimiento anual “a perpetuidad” y una recuperación progresiva precisamente para enfrentar futuras sequías. Sin embargo, en 2015, cuando Puerto Rico volvió a enfrentar otra crisis de agua, Larry Seilhamer tuvo que preguntar qué había ocurrido con aquel dinero y con aquella promesa. Nosotros conocemos demasiado bien ese libreto: se anuncia, se celebra, cambian los gobiernos y, cuando regresa la emergencia, nadie parece recordar quién dejó caer la bola. El sedimento, mientras tanto, no sabe de elecciones ni de partidos; simplemente siguió acumulándose.

Así que no, gobernadora, no mire únicamente hacia el cielo orando por un milagro que usted misma tuvo décadas de poder para hacer innecesario. Esa imagen se parece demasiado a la de los políticos conservadores que, después de cada tragedia, ofrecen oraciones en vez de presentar limitaciones al control de armas. La fe podrá consolar, pero no draga embalses, no mantiene infraestructura ni sustituye la obligación de gobernar. Puerto Rico no necesita “thoughts and prayers” para tener agua; necesita que quienes ocupan el poder hagan su trabajo.

Y entonces aparece Esencia. Sus desarrolladores aseguran que tendrá infraestructura propia de agua, y quizás ahí esté la confesión más brutal de todas: en Puerto Rico sí sabemos construir resiliencia cuando quien la necesita puede pagarla. Para unos habrá independencia hídrica; para otros, cisternas, racionamientos y paciencia. Porque la pobreza no solamente se mide por cuánto dinero tenemos, sino también por cuán expuestos estamos a la incompetencia de lo público.

El agua es dignidad, no una amenidad. La sequía la produce la naturaleza, pero la vulnerabilidad la produce la política. Después de casi un cuarto de siglo en el poder, gobernadora, ya no basta con mirar hacia las nubes: Puerto Rico lleva demasiado tiempo pagando por todo aquello que quienes gobernaron tuvieron tiempo, recursos y poder para resolver.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *