“No hay fondos.” «Hay que esperar la aprobación de la Junta.» «Estamos en espera del desembolso.»
No hay fondos para pagar a tiempo a los transportistas que llevan estudiantes a las escuelas. No hay fondos suficientes para responderle a los terapistas de educación especial que llevan meses reclamando pagos. No hay fondos para atender tantas necesidades básicas que terminan convirtiéndose en una carrera de obstáculos para quienes dependen del estado para que pueda ofrecer servicios que precisamente el estado no puede.
Pero sí hay dinero cuando se trata de contratos millonarios. Resulta sencillamente inaceptable que se haya aprobado un contrato de casi $6,000 millones con Power Expectations bajo un acuerdo que ha sido cuestionado por sus deficiencias.
No estamos hablando de una compra de lápices. Estamos hablando de miles de millones de dólares de fondos públicos, en un país donde cada dólar debería estar sometido al más estricto análisis de necesidad, costo, transparencia y beneficio para el pueblo. Mientras tanto, a los transportistas se les puede decir que esperen. A los terapistas que trabajan con niños de educación especial se les puede decir que esperen. A pequeños y medianos proveedores que dependen de que el gobierno les pague para poder mantener sus negocios abiertos se les puede decir que esperen.
¿Esperar qué? ¡Dinero hay! La pregunta es para quién aparece.
Este no es un argumento contra la inversión, contra la contratación privada ni contra la necesidad de fortalecer el sistema energético. Puerto Rico necesita generación confiable, claro que necesita planificación, claro que necesita más energía y de paso, a largo plazo. Lo que Puerto Rico no necesita son contratos de esta magnitud que nazcan con cuestionamientos sobre su estructura, sus términos o el proceso mediante el cual fueron aprobados. Mucho menos cuando simultáneamente el gobierno se presenta ante otros sectores como si estuviera literalmente pelao. Es una contradicción que ofende.
Cuando el ciudadano común o el proveedor le reclama al gobierno, le meten el chambón al discurso de restricciones fiscales, que hay procesos administrativos, que hay que esperar desembolsos, que hay que cumplir con presupuestos y que no hay dinero aprobado en ese momento.Pero cuando aparecen contratos que benefician a intereses económicos enormes, de repente el pie acelera el chambón en otra dirección. De repente todo aparece.
El gobierno no puede pedirle sacrificios a los pequeños mientras abre la chequera para los grandes.
¿Por qué para algunos siempre hay dinero y para otros siempre hay excusas? Cuando se trata de pagarle a quienes sostienen servicios esenciales, hay que rasparse las rodillas suplicando.