En 1997, los historiadores William Strauss y Neil Howe publicaron un libro que se atrevió a ponerle fecha a la próxima gran crisis americana. The Fourth Turning: An American Prophecy decía que la historia de Estados Unidos se mueve en ciclos de unos ochenta años, lo que en promedio dura una vida, y que cada ciclo pasa por cuatro estaciones: una primavera de crecimiento y confianza, un verano de cuestionamiento, un otoño donde las instituciones pierden fuerza y un invierno de crisis que lo redefine todo. Los autores, escribiendo desde el otoño de los noventa, calcularon que el próximo invierno comenzaría alrededor de 2005, llegaría a su punto máximo hacia 2020 y se resolvería alrededor de 2026.

Este año.

Es fácil descartar una profecía con calendario, y buena parte de la academia descartó esta. Pero los datos casi lo validan: la crisis financiera llegó en 2008, tres años tarde sobre el pronóstico, y 2020 trajo la pandemia, protestas sociales masivas y una elección presidencial cuyo resultado fue impugnado por Donald Trump, el candidato que perdió, y terminó con el asalto al Capitolio en enero de 2021, justo donde el libro ubicaba el punto máximo de la crisis. Y sin embargo, lo más interesante de releerlo en 2026 no es lo que acertaron. Es lo que no pudieron ver venir: que a la cita con el destino llegaría una tecnología que piensa: la Inteligencia Artificial.

Antes de hablar de ella, vale mirar cómo terminaron los inviernos anteriores, porque ahí está la clave. En los cuatro ciclos se repite el mismo patrón: el detonante fue siempre un evento pequeño o financiero; la resolución fue siempre un documento de gobernanza. La crisis colonial de fines del siglo XVII estalló con rebeliones locales y se resolvió con el acuerdo constitucional inglés de 1689 entre la corona, el parlamento y las colonias. La era de la Revolución Americana tuvo dos documentos gigantes: la Declaración de Independencia de 1776 declaró la ruptura, y la Constitución de los Estados Unidos en 1787 resolvió el conflicto y creó el nuevo orden. La Guerra Civil (1861–1865) detonó con la elección de Abraham Lincoln en 1860, que llevó a los estados del sur a separarse de la Unión, y se resolvió con las enmiendas constitucionales de la Reconstrucción, que redefinieron qué significaba ser ciudadano. Y el invierno de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, detonado por el crash de 1929, se resolvió con el New Deal: las reformas que crearon el Seguro Social, aseguraron los depósitos bancarios, establecieron el salario mínimo y construyeron infraestructura por todo el país.

Ningún invierno terminó con un arma ni con una tecnología. Todos terminaron con reglas nuevas sobre quién manda, todos terminaron con un documento de gobernanza.

Por eso presento que la inteligencia artificial no es la crisis de este ciclo. Es el detonante. La crisis es la gobernanza: quién regula primero, quién despliega primero, cuánto se controla y dónde se trazan los límites de una tecnología que ya redacta contratos, diagnostica enfermedades y escribe código. Esa pelea se está dando en tres mesas a la vez, y ninguna tiene quórum. Los países negocian entre sí: la Unión Europea legisló primero, Estados Unidos todavía no tiene una ley federal, y China regula con control estatal. Los gobiernos negocian con las empresas desarrolladoras, OpenAI, Anthropic, Google, Meta y compañía, que publican compromisos voluntarios mientras compiten en una carrera comercial donde frenar es perder. Y esas empresas compiten entre ellas: en mayo de 2023, los líderes de OpenAI, Anthropic y Google DeepMind, junto a más de 350 ejecutivos e investigadores, firmaron una declaración pública advirtiendo que mitigar el riesgo de esta tecnología debía ser una prioridad global al nivel de las pandemias y la guerra nuclear. Después de firmarla, el desarrollo no se detuvo; se aceleró.

Y aquí está lo que el modelo de Strauss y Howe no contempla. Los inviernos anteriores se resolvieron cuando los gobiernos organizaron el esfuerzo colectivo: movilización, impuestos, reconstrucción. Esta vez, los actores decisivos son un puñado de empresas privadas que operan a través de fronteras, se mueven más rápido que cualquier legislatura y no responden a ningún electorado. Dicho eso, tampoco hay que creerse la historia del apocalipsis que escuchamos: la narrativa de crisis también le sirve a quien la vende.

Si el patrón se repite, este invierno tampoco va a terminar con una tecnología. Va a terminar con un documento que ponga las reglas. ¿Quién lo va a escribir? ¿Qué tiene que incluir? ¿Y qué papel puede jugar Puerto Rico? De eso trata la segunda parte de esta columna.

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